Los habitantes de Trescero vivían tranquilos, sabían lo que tenían que hacer para que el equilibrio no se rompiera y lo hacían convencidos de que era la mejor forma de vivir y nada podría cambiarlos.
El día parecía igual a cualquier otro, el pueblo funcionaba como la maquinaria de un reloj, pero de pronto comenzaron a escuchar un ruido no calculado por ninguno de los habitantes, por primera vez se detuvo todo por completo. Buscaron desesperados el origen del ruido infernal que no les dejaba continuar con sus actividades hasta que lo encontraron, era un niño recién nacido. No era de algún habitante de Trescero, tenían prohibido reproducirse ya que bajaría el rendimiento de los padres y el equilibrio se perdería ¿Dónde estaban sus padres? ¿Cómo había llegado ahí? Lo cubrieron con una manta y el llanto se detuvo, lo dejaron donde lo encontraron y siguieron su camino esperando a que alguien regresara por él, al cabo de una hora el llanto regresaba a la ciudad y había que ir a ver por él. Así pasó la semana y los padres no regresaron por él. Como todos los domingos, se realizó la junta del pueblo donde todos discutían la agenda semanal y el tema fue ¿Qué hacer con el niño? Los Tresceros no podían salir del pueblo a buscar a los padres gracias al temor que le tenían a todo lo extranjero, por lo que decidieron implementar un sistema en el que cada uno de los habitantes veía por el bebé cada vez que escuchaban el llanto de auxilio.
Cada tres años se hacía un conteo de los habitantes de Trescero para determinar si alguien había muerto y requería un remplazo. Para cuando el nuevo censo llegó, nadie había muerto y el bebé tenía ya dos años viviendo en Trescero así que fue incluido en el censo. Vaya sorpresa la que se llevaron los Tresceros al terminar el conteo, pues por la extensión del territorio y la cantidad de habitantes dejaron de ser pueblo para ser Provincia.
A la llegada de este niño es que comienzan los relatos de la provincia de Trescero.